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Opinión

Dos acontecimientos septembrinos dominicanos

Ciclón de San Zenón El 16 de mayo de 1930 Trujillo “ganó” las elecciones presidenciales de la República. Previamente hubo una feroz represión contra sus opositores, que tuvieron que retirarse de dichos comicios. La…

Teófilo Lappot Robles··Comentar

 Ciclón de San Zenón

El 16 de mayo de 1930 Trujillo “ganó” las elecciones presidenciales de la República. Previamente hubo una feroz represión contra sus opositores, que tuvieron que retirarse de dichos comicios. La Alianza Nacional Progresista comenzó su travesía del desierto. Esa coalición de partidos jamás volvió a moverse entre la población.

Trujillo se juramentó el 16 de agosto siguiente. Balaguer lo resaltaba con ardor oratorio como “el hombre único”. Tenía el control de todos los resortes del poder con el apoyo silente o activo de muchos grupos de poder. La banda criminal La 42, dirigida por un capitán de nombre Miguel Ángel Paulino, cuya misión era aterrorizar el país con extrema violencia, cobró un impulso mayor a partir de entonces.

Sin embargo, lo que afincó con potentes garfios a Trujillo en el mando fueron los hechos derivados del ciclón de san Zenón, que el 3 de septiembre de 1930 destruyó gran parte la capital dominicana. Fue  algo parecido a uno de esos casos descritos con “cauces de verdad” y algo de controversia por el historiador y filósofo español César Vidal en su afamada obra titulada “Enigmas históricos al descubierto”.

Ese fenómeno de la naturaleza le sirvió de base a Trujillo para potenciar sus instintos de acaparar hasta la muerte su poderío. Esa actitud está claramente definida en lo que casi 200 años atrás, en tierras lejanas a la nuestra, había escrito el rey Federico de Prusia: “Todo el que aspira a avasallar a sus semejantes se ve obligado a ser impostor y sanguinario”.

Con la susodicha catástrofe del 3 de septiembre de 1930, que trastocó el tejido social y económico de la principal ciudad del país, con miles de muertos y heridos e inmensas pérdidas materiales (destrucción de gran parte de los edificios y viviendas familiares), se inició un largo sufrimiento del pueblo dominicano.

Trujillo declaró el estado de emergencia, controló para su provecho gran parte de la ayuda internacional enviada para socorrer a las víctimas, y justificó una miríada de acciones gubernamentales sin sentido de Estado. Se proyectó, además, como una especie del ave fénix de la mitología griega que resurgió de sus cenizas. La propaganda gubernamental lo presentó como el salvador del pueblo.

No sería la primera ni la última vez que el azar jugaría un papel clave en los acontecimientos históricos de la República Dominicana. El ciclón de san Zenón se aproximó más a la creencia musulmana de la predestinación que del libre albedrío supervisado del cristianismo más esclarecido. Para el largo gobierno de Trujillo ese suceso funesto encajó bien en lo dicho por Montaigne “…En ocasiones parece que la suerte se burla de nosotros”. (Ensayos completos. Tomo I).

Batalla de La Estrelleta 

La batalla de La Estrelleta fue librada el 17 de septiembre de 1845 en una sabana enclavada en el gran valle sur-occidental del país, entre Las Matas de Farfán y la hoy provincia Elías Piña. Por un lado estaban los dominicanos que recién habían adquirido su independencia. La contraparte eran los agresores haitianos.

De la campaña de 1845 se considera que “fue la acción más militar…la única en que se formó el cuadro para rechazar a punta de bayoneta un rudo ataque de caballería”. El triunfo de los dominicanos fue de tal envergadura que los haitianos duraron cuatro años (1849) para poder volver a penetrar al territorio dominicano, donde siempre salieron derrotados.

Fueron dos horas de intensos combates. Al frente de los dominicanos estaba el héroe, prócer y mártir José Joaquín Puello. Dividió las tropas en seis batallones bajo el mando de los coroneles Valentín Alcántara y Bernardino Pérez. Allí también tuvieron acciones sobresalientes  hombres del calibre marcial de José María Cabral, Florencio Soler, Basilio Soto, Leo Polanco, Bernabé Sandoval, Gregorio Peña, Clemente Yépez y otros cientos.

“El general Puello formó la retaguardia con el batallón de Higüey, que defendía las dos piezas de artillería mandadas por los sargentos Juan Andrés Gatón e Hilario Sánchez”. (Guerra Dominico-Haitiana. Impresora Dominicana, 1957.P.185. Emilio Rodríguez Demorizi).

Por el lado de los derrotados estaban el presidente haitiano Jean Louis Pierrot, coordinador general de los invasores; y los generales Toussaint, Morissette y Samedí, quienes habían copado todos los cerros de la periferia de la sabana donde se produjeron los hechos bélicos, colocando en ellos piezas de artillería y miles de soldados de infantería y caballería.

Dos años después de esa hazaña épica su principal líder aparecía, por desavenencias políticas y envidia, en un Decreto que lo llevó a la tumba (17 de diciembre de 1847). Lo firmó el presidente Pedro Santana, azuzado por una camarilla de sus acólitos, en el cual se ordenó: “…juzgar y condenar en forma definitiva y sin apelación al general José Joaquín Puello y sus cómplices”. (Bloque de Leyes 1880.Tomo I.P.436).

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