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Opinión

Del demócrata al dueño Mandela, Gandhi y la violetera

Hay hombres que llegan al poder por el voto y, una vez arriba, olvidan cómo llegaron. Empiezan como demócratas y terminan creyéndose dueños: del partido, del Estado, de la verdad y hasta de la gente…

Fausto Jaquez··Comentar

Hay hombres que llegan al poder por el voto y, una vez arriba, olvidan cómo llegaron. Empiezan como demócratas y terminan creyéndose dueños: del partido, del Estado, de la verdad y hasta de la gente.

El poder se les sube a la cabeza, como si el sillón presidencial fuera un trono. Cambian la Constitución como quien cambia de camisa. Ya no escuchan: ordenan. Ya no representan: pretenden poseer.

Frente a esa tentación, la historia nos ofrece dos ejemplos que nos interpelan y nos enseñan: Nelson Mandela y Mahatma Gandhi.

Mandela pasó veintisiete años en prisión. Veintisiete. Al recuperar la libertad, eligió el camino de la reconciliación en un país marcado por el apartheid. Llegó a la presidencia y, después de cinco años de gobierno, se retiró. No buscó perpetuarse. Entendió que servir a su pueblo también significaba saber cuándo marcharse. Ejerció el poder y supo soltarlo.

Gandhi encarna otra forma de grandeza. Fue una figura central en la lucha por la independencia de la India, pero no convirtió su liderazgo en una ambición de gobierno. Su autoridad moral no dependía de un cargo. La rueca, el bastón y la cercanía con su gente expresaban una manera de vivir en la que el servicio estaba por encima del mando.

Y entonces pienso en la violetera. En esa imagen de una mujer que sigue vendiendo violetas porque en ese oficio reconoce su esencia. No necesita aparentar otra cosa: hay una coherencia entre lo que es y lo que hace.

Así, hay quienes conservan su esencia democrática aun cuando el poder les ofrece privilegios y la posibilidad de quedarse. Y hay otros que, por más discursos hermosos que pronuncien, terminan mostrando su afán de adueñarse de todo.

El poder no siempre cambia a las personas; muchas veces las revela.

La diferencia se ve en los actos: en el respeto a las reglas, en la disposición a escuchar y en la capacidad de entregar el mando cuando corresponde.

La democracia exige comprender que el poder es una responsabilidad temporal, no una propiedad personal.

Un demócrata de verdad es como la violetera: permanece fiel a su esencia, aunque le ofrezcan todo el oro del mundo.

sp-am

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