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Opinión

Insistí incansablemente, como si mi vida pendiera de una súplica

Como a cualquier ser humano, la impotencia es uno se los sentimientos que me acompañan. Incluso, he llegado a pensar que tiene reservado una suite en el hotel de mi corazón. Me siento incapaz de influir…

Lliam Fondeur··Comentar

Como a cualquier ser humano, la impotencia es uno se los sentimientos que me acompañan. Incluso, he llegado a pensar que tiene reservado una suite en el hotel de mi corazón. Me siento incapaz de influir en el sistema de salud para humanizarlo.

Mientras caminaba por los pasillos del hospital, los gritos de una mujer hacían vibrar las válvulas de mi corazón. Aquel aullido parecía salir de su abdomen, de su pelvis, en fin de la misma tierra, de la madre tierra.

Encorvaba su cuerpo con eclesiástica reverencia frente a la puerta de la sub-dirección. Con el rostro mojado de lagrimas y moco suplicaba: “por favor, déjeme ver a mi niña, no está acostumbrada a estar sola, es una niña, déjeme acompañarla”.

La noche anterior habían llegado al hospital. A tempranas horas de la tarde su hija había empezado con contracciones. Esta mujer se consideraba experta en el tema, había parido cinco. Decidió esperar un rato; llevarla al hospital cuando las contracciones fueran más seguidas.

Cuenta que cuando la doctora evaluó su pequeña, la mando a subir a sala de parto. El rostro de su hija estaba como un disco dándole vueltas en la cabeza, no se le borraba del pensamiento. Su carita hermosa y redonda, lucia exorcizaba por el miedo.

No había amanecido cuando escuchó a una doctora decir que a la niñita le habían hecho una cesárea. Se acercó a preguntar cómo estaba su hija. El bebé y la madre están bien, le comunicaron,  pero sólo puedo verla a la hora de visita, después de las dos de la tarde.

Empecé a llorar, a rogar, a implorar, “por favor que es una niña, déjenme verla. Insistí incansablemente, como si mi vida pendiera de una súplica. Mis oraciones fueron escuchadas. Cerca de las 9 de la mañana, un portero me indicó cómo llegar dónde dan los pases de entrada.

De forma brusca, una señora abrió la puerta de la oficina, molesta pregunto: “¿Quién carajo es la que está berreando hace rato, como si la estuvieran matando?. “Aquí hay que comportarse como gente decente.

Con sus manos sucias, la mujer retiró las lagrimas de sus ojos e imploró: “Por favor, a mi hija le hicieron una cesárea en la madrugada, está sola, tiene doce años, es una niña, déjenme quedar con ella.

Sin hacerse esperar la encargada respondió: “Será mejor que entienda, de una vez, que su hija ya tiene un hijo, que no es una niña, que es una mujer, una mujer igual que usted.

@lilliamfondeur

 

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