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Opinión

Hijos de inmigrantes castigarán a Trump y sus candidatos

La venganza electoral más anunciada de la historia moderna de Estados Unidos no vendrá de Washington. Vendrá de la cocina, de la sala, de la mesa donde una madre dominicana, un padre mexicano, una madre haitiana…

Jhonny Trinidad··Comentar

La venganza electoral más anunciada de la historia moderna de Estados Unidos no vendrá de Washington. Vendrá de la cocina, de la sala, de la mesa donde una madre dominicana, un padre mexicano, una madre haitiana o un padre salvadoreño le dijo a su hijo: estudia, porque este país puede ser tuyo, aunque hoy te digan que no.

Ese hijo ya tiene 18, 22, 27 años. Es ciudadano. Vota. Y no ha olvidado nada.

Donald Trump construyó toda su carrera política sobre una idea simple y brutal: hay americanos de primera y americanos de segunda. Los de primera son los que llegaron en el Mayflower. Los de segunda, los que llegaron en yola, cruzando el Río Grande o con una visa que se venció. Su proyecto no fue nunca gobernar para todos, sino humillar a una parte del país para que la otra se sintiera grande.

Lo que Trump y sus estrategas nunca entendieron es que en Estados Unidos no se puede humillar a los padres sin crear enemigos en los hijos. Y esos hijos son, hoy, el bloque electoral de más rápido crecimiento en la nación.

TRUMP CONFUNDIÓ SILENCIO CON ACEPTACIÓN

Durante décadas, la primera generación de inmigrantes hizo lo que hacen todos los inmigrantes del mundo: agachar la cabeza y trabajar. Si los insultaban en la campaña de 2016, se callaban. Si les ponían un muro en 2017, seguían trabajando. Si les separaban niños en la frontera en 2018, rezaban en silencio.

Muchos analistas republicanos confundieron ese silencio con consentimiento o con impotencia política. Pensaron: no votan, no cuentan.

Pero no vieron lo que pasaba en casa. Esa primera generación no estaba criando víctimas. Estaba criando testigos. Cada redada que veían en Univision y Telemundo, cada discurso de «bad hombres», cada vez que el presidente decía «shithole countries», cada vez que un gobernador como Abbott o DeSantis mandaba un bus con migrantes como si fueran ganado, se convertía en una lección política para sus hijos.

Les enseñaron sin querer la lección más poderosa de la política: tu familia no está segura si esa gente sigue en el poder.

NO SON LA VÍCTIMA QUE TRUMP IMAGINA

Hay que destruir el cliché. El hijo de inmigrantes de 2026 no es el joven sin papeles escondido. Es mucho más peligroso para Trump.

Es la enfermera dominicana de 24 años en El Bronx que vio a su madre limpiar hospitales durante el COVID y ahora escucha que el candidato republicano quiere quitarle Medicaid a su progenitora.

Es el hijo de mexicanos en Phoenix, Arizona, que es agente de bienes raíces, va a la iglesia evangélica cada domingo y es conservador en impuestos, pero que vio cómo su tío, con 25 años en el país y sin un solo antecedente criminal, fue detenido por ICE camino al trabajo.

Es el joven haitiano-americano en Florida que habla patuá en casa, inglés perfecto en la universidad y que sabe que su comunidad fue llamada de la forma más vil posible desde un podio presidencial.

Es la hija de salvadoreños en Houston que es la primera en su familia en ir a la universidad, que ama a este país con una intensidad que ningún nieto de peregrino ni de Trump entenderá, precisamente porque sabe lo que costó llegar.

Estos jóvenes son patriotas, no radicales. Creen en el orden, en el trabajo duro, en la meritocracia. Son, en valores, profundamente americanos. Pero Trump les exigió algo que ningún ser humano acepta: que para ser americano, tenían que repudiar a su propia sangre.

Y dijeron que no.

LA MATEMÁTICA DEL CASTIGO

Aquí es donde la arrogancia de MAGA, acrónimo de «Make America Great Again» (Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande), se convierte en suicidio demográfico.

Según el Pew Research Center (Centro de Investigación Pew), más de 40 millones de votantes elegibles en EE.UU. son hijos de inmigrantes. En la franja de 18 a 34 años, uno de cada cuatro votantes es hijo de inmigrantes. En los estados que deciden la presidencia, el número es explosivo:

En Arizona, el 27% de los nuevos votantes desde 2020 son latinos de segunda generación. En Nevada, el 31%. En Georgia, la población de hijos de inmigrantes caribeños y africanos se ha duplicado en 10 años. En Texas, más de 2 millones de jóvenes méxico-americanos nacidos en EE.UU. se han registrado desde la última elección.

Trump ganó en 2024 por márgenes de 10,000, 30,000, 80,000 votos en esos estados. Esa ventaja ya no existe. Ha sido borrada por una generación que se registró masivamente para votar, no por amor a los candidatos demócratas sino por rechazo a un hombre que convirtió la persecución de su familia en política de Estado.

Y no es un voto que se pueda comprar con un anuncio en español mal traducido. El hijo de inmigrantes no ve Univision. Ve TikTok, Instagram, YouTube. Se informa entre primos en WhatsApp. Y en esos espacios, el discurso de Trump no se ve como «política dura contra la inmigración ilegal». Se ve como lo que es: odio hacia gente como ellos.

NO ES SOLO TRUMP, ES TODA LA CADENA

El error de los candidatos republicanos que hoy se aferran a Trump es pensar que el castigo será solo para él. No lo será.

Cada vez que un candidato a senador, a gobernador o a alcalde dice «yo apoyo la agenda del presidente Trump», el hijo de inmigrantes escucha «yo apoyo que deporten a tu papá».

Cada vez que un fiscal de distrito se ofrece para colaborar con el programa 287g (convenio federal de los Estados Unidos —basado en la Sección 287(g) de la Ley de Inmigración y Nacionalidad— que permite al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas delegar facultades de control migratorio a las fuerzas del orden locales, estatales o de condados), cada vez que un alguacil local permite que ICE entre a una escuela o a un hospital, cada vez que un legislador estatal propone prohibir licencias de conducir para indocumentados o quitar la ciudadanía por nacimiento, está firmando su propia sentencia electoral a dos, cuatro, seis años vista.

Porque el hijo de inmigrantes no olvida el nombre del que colaboró. Anota. Y espera.

Ese es el gran cambio cultural: la segunda generación no tiene el miedo de la primera. No teme que si protesta le quiten los papeles. Ya es ciudadana. No teme que si denuncia una redada, pierda el trabajo. Tiene derechos. Y va a ejercerlos con una frialdad que el trumpismo no esperaba.

No va a hacer marchas enormes. Va a hacer algo mucho más letal en una democracia: va a votar en bloque, va a llevar a su primo a votar, va a llevar a su novia, a su compañero de trabajo. Va a convertir cada cena familiar en una operación de registro electoral.

EL FINAL DE UNA ILUSIÓN

Trump creyó que podía construir un movimiento eterno a base de resentimiento blanco. Pero los movimientos basados en el resentimiento tienen fecha de caducidad, porque necesitan que el enemigo se quede quieto y se deje golpear.

Los hijos de inmigrantes no se quedaron quietos. Estudiaron, se graduaron, se hicieron ciudadanos plenos, abrieron negocios, se alistaron en el ejército y ahora están tomando el control de los sindicatos, de las asociaciones de padres, de los concejos municipales.

El castigo no será una explosión. Será una erosión lenta, precisa y definitiva. Elección tras elección, condado por condado, los candidatos que llevaron la gorra roja de MAGA verán cómo pierden por 2% donde antes ganaban por 10%. Verán cómo un distrito que era rojo se vuelve morado y luego azul, no porque llegaran liberales de California, sino porque los niños de los trabajadores que construyeron esas casas ya crecieron.

La historia de Estados Unidos es siempre la misma: cada ola de nativismo crea la ola de ciudadanos que la destruye. Pasó con los irlandeses, con los italianos, con los judíos. Está pasando ahora con los latinos, los haitianos, los asiáticos y los africanos.

Trump pensó que estaba cerrando la puerta a los inmigrantes.

Sin darse cuenta, abrió la puerta al jurado que lo condenará a él y a todos los que se le arrodillaron.

jt-am

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