El otro conteo
Diferentes medios, articulistas y por otras vías se refieren constantemente a la cantidad de delincuentes abatidos por la policía nacional. Alarmados citan la Constitución de la República y una serie de leyes…
Diferentes medios, articulistas y por otras vías se refieren constantemente a la cantidad de delincuentes abatidos por la policía nacional. Alarmados citan la Constitución de la República y una serie de leyes, incluyendo las relativas a la institución del orden público, entre otros argumentos.
Muy rara vez se refieren a la cantidad de muertos y heridos por parte de los malhechores quienes generalmente tienen un extenso prontuario delictivo, por lo que es difícil entender cómo andaban en las calles cometiendo nuevas fechorías.
La única objeción que tenemos a la cacería de delincuentes es cuando por una u otra circunstancia cae un inocente. Cuando un delincuente muere no tenemos ni idea de la cantidad de actos vandálicos que estamos previendo pues la mayoría de ellos tras cumplir prisión vuelven a sus andanzas.
Un reportaje en el programa El Informe muestra las fichas del autor del apuñalamiento con saña de un joven cuando llegaba a su hogar. Si ese individuo hubiera estado en la lista de “supuestos delincuentes” fallecidos en “enfrentamientos” con la policía, la historia de esta víctima, que milagrosamente no falleció, fuera otra.
Esos “delincuentes”, todas las comillas son de algunos medios de prensa, crean desasosiego, malestar en las familia, provocan secuelas, dolor, luto, dejan hijos y esposas desamparados y un interminable listado nefasto.
A la policía hay que dejarla actuar libremente pues ellos son también víctimas ya que muchos perecen en el cumplimiento de su deber.

Paredón
Ciertamente no pueden las autoridades del orden público constituir en un paredón ni hacer justicia con sus armas, pero tampoco deben llevarse al extremo de temer abatir a un antisocial por las críticas que pueda esto generar.
Mientras más delincuentes sean sacados de las calles mejor pues la próxima víctima de ellos pudiera de ser alguien como Julián Oro Duro y su esposa.
No nos pacemos de hipócritas pues muchos de esos críticos, si un suceso le llega cerca, serán los primeros en demandar justicia, en preguntarse cómo un malhechor tan reincidente andaba en las calles, cómo pudo ser en muchos casos tan sanguinario propinando múltiples puñaladas, torturando tan inmisericordemente o violando sin despecho.
Si bien debemos buscar y combatir las causas que generan todos estos males, que llevan a que mientras unos delincuentes caen otros surgen, el combate debe mantenerse firme para buscar reducir a la menor expresión posible los indicadores aterradores que sacuden la sociedad en este sentido.
Los causantes de tantos daños sociales no merecen tantas voces argumentando a su favor.











