Trump: “La narrativa del control” y “La fuerza del relato”
He dedicado parte de esta semana a analizar, ponderadamente, lo que Asier Magán plantea en su libro “La narrativa del control” sobre la manera en que las estructuras del poder fáctico-mediático -informaciones y…
He dedicado parte de esta semana a analizar, ponderadamente, lo que Asier Magán plantea en su libro “La narrativa del control” sobre la manera en que las estructuras del poder fáctico-mediático -informaciones y narrativas- pueden influir sobre la percepción de la realidad y sobre el comportamiento colectivo.
El libro aborda, entre otros asuntos, el control de masas, la manipulación, el miedo y la relación entre narrativa y poder. (Google Play).
Pero mientras avanzaba en esa lectura apareció una interrogante: ¿control y engaño significan exactamente lo mismo? Mi respuesta es no. “Tú me puedes engañar, pero eso no quiere decir que me controles. Y también puedes controlarme sin necesidad de engañarme.”
Precisamente ahí encontré un complemento interesante en “La fuerza del relato”, de Luis María Ferrándiz.
Ferrándiz utiliza una expresión que resulta particularmente útil para nuestro análisis: “la narrativa del engaño”. En la muestra oficial de su obra afirma: “El poder del discurso de las emociones en la Era de la manipulación se ha transformado en la narrativa del engaño, un escenario donde la ficción, como si de un opiáceo se tratara, termina moldeando la percepción de nuestro entorno y de nuestra realidad.” A continuación añade: “Contar para conquistar. Contar para dominar. Contar para asustar, contar para deformar, contar para controlar, para enamorar y para provocar.” (Ferrándiz, 2024, p. 16. Almuzara)
Aquí comienzan a encontrarse los dos libros. Magán pone el énfasis en el control; Ferrándiz, en la capacidad del relato para construir una determinada percepción. Uno pregunta cómo puede condicionarse al individuo o a la sociedad; el otro ayuda a comprender cómo puede construirse el escenario emocional e informativo en el que esa influencia se desarrolla.
Y esto adquiere una dimensión especial cuando encendemos el televisor, abrimos el celular para entrar a las redes sociales. Allí encontramos imágenes, titulares, mini-videos, vídeo, declaraciones, estadísticas, comentarios, tendencias y millones de mensajes. Pero el ciudadano no recibe la realidad completa: sino fragmentos seleccionados de ella. Algunos son verdaderos, otros falsos, y hasta exagerados y también simplemente interpretaciones presentadas como hechos.

El desafío
El problema, por tanto, no consiste en afirmar que todo lo que vemos es una operación de control. Eso sería sustituir una simplificación por otra. El verdadero desafío está en aprender a distinguir entre información, propaganda, opinión, manipulación, publicidad y hechos comprobables; son las noticias.
La historia demuestra que el poder ha entendido desde hace mucho tiempo el valor de esa distinción.
Los regímenes autoritarios han utilizado la censura y la propaganda para controlar la información y al mismo tiempo al sujeto. Pero las sociedades democráticas tampoco están libres de la disputa por la atención, la influencia y la construcción del relato. La diferencia fundamental está en las instituciones, las libertades, la posibilidad de disentir y la existencia —o ausencia— de mecanismos para contrastar el poder.
Por eso “La narrativa del control” resulta particularmente provocadora cuando coloca el miedo en el centro de determinados mecanismos de dominación. La descripción pública del libro incluye precisamente un apartado dedicado al “Control de masas y narrativa”, dentro del cual aborda cuestiones como Hollywood, MK-Ultra, el 11 de septiembre y el miedo como herramienta de control. Estas son afirmaciones y líneas de investigación planteadas por el autor y corresponde al lector distinguir entre sus interpretaciones y aquello que puede demostrarse documentalmente. (Google Play).
El miedo, sin embargo, sí es una herramienta política real. Cuando una sociedad percibe que enfrenta una amenaza existencial, puede aceptar medidas que en circunstancias normales generarían mayor resistencia. La historia posterior al 11-S ofrece un ejemplo concreto de cómo el terrorismo transformó el debate estadounidense sobre seguridad, vigilancia y libertades civiles. No necesitamos aceptar todas las interpretaciones conspirativas para reconocer que el miedo modifica las prioridades de una sociedad.
Y ahí aparece otra palabra: polarización.
El relato político funciona con especial fuerza cuando transforma una discusión compleja en una batalla entre “nosotros” y “ellos”. En ese escenario, el adversario deja de ser simplemente alguien que piensa diferente y comienza a representar una amenaza. La investigación sobre propaganda y polarización ha estudiado precisamente cómo la comunicación política puede profundizar divisiones entre grupos.
Donald Trump constituye un caso particularmente interesante para estudiar este fenómeno, no porque pueda afirmarse que controla por sí solo la percepción de millones de ciudadanos, sino porque su comunicación política ha colocado el relato de la confrontación y la atención pública en el centro de su actividad política.
A principios de septiembre del 2026, durante la convención republicana de medio término celebrada en Dallas, Trump pidió a los votantes tratar las elecciones como un referéndum sobre él, colocándose personalmente en el centro de la estrategia comunicativa del Partido Republicano. Y llegó a ofrecer dinero si ganan. La agencia Reuters informó que algunos asistentes republicanos respaldaron esa estrategia mientras otros expresaron dudas sobre ella.
Esto es importante porque el poder contemporáneo no siempre necesita ordenar qué debe pensar una persona. En muchas ocasiones basta con conseguir que una determinada cuestión ocupe permanentemente su atención. Otro ejemplo es que ante el miedo con la IA, él dice ser el garante.
Por ello, el poder de la narrativa consiste, en parte, en decidir qué aparece en primer plano, qué provoca indignación, qué genera miedo y qué queda relegado al fondo.
Y aquí tenemos que regresar a la frase inicial: “puede engañarme sin controlarme y puede controlarme sin engañarme”.
Puedo recibir información verdadera y, sin embargo, estar sometido a una estructura de poder.
También puedo recibir información falsa sin que esa falsedad consiga modificar mi conducta.
El engaño necesita una falsedad o una distorsión; el control puede funcionar mediante leyes, instituciones, dependencia económica, vigilancia, incentivos o restricciones. Son fenómenos distintos, aunque en determinados momentos puedan trabajar juntos.
La economía de la guerra ofrece otro ejemplo concreto. Según el Stockholm International Peace Research Institute, el gasto militar mundial alcanzó 2,887 mil millones de dólares en 2025, un aumento real del 2,9 % respecto de 2024 y el undécimo año consecutivo de crecimiento.(SIPRI).
La existencia de este enorme mercado militar demuestra que las guerras regionales, los conflictos entre Estados y las tensiones geopolíticas producen consecuencias económicas extraordinarias.
Ya nadie duda que las industrias militares obtengan enormes ingresos cuando aumentan los presupuestos de defensa y fomentan guerras.
Esa afirmación necesita pruebas específicas para cada conflicto pero hay cosas muy evidentes. Y esa es una.
Lo que sí se puede afirmar es algo más sencillo y verificable: “La guerra destruye, pero también mueve enormes cantidades de dinero”. Y cuando los gobiernos perciben amenazas, aumentan los presupuestos militares; cuando aumentan esos presupuestos, crecen los mercados de armamento y servicios militares. El vínculo económico existe, aunque la causalidad política de cada guerra tenga que analizarse caso por caso.
La invasión de Irak también demuestra la importancia de separar relato, información y evidencia. Después de la guerra, el Comité Selecto de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos realizó investigaciones sobre las evaluaciones de inteligencia anteriores al conflicto, incluidas las relacionadas con los programas iraquíes de armas de destrucción masiva.
Ese episodio debería enseñarnos algo elemental: una amenaza puede ser real, una información puede ser presentada como cierta y, aun así, las conclusiones políticas construidas sobre esa información pueden terminar siendo equivocadas. Por eso una ciudadanía libre necesita algo más que información: necesita capacidad para contrastarla.
Aquí es donde los dos libros vuelven a encontrarse.
“La narrativa del control”, de Asier Magán, nos obliga a mirar hacia los mecanismos mediante los cuales el poder puede condicionar la conducta y la percepción. “La fuerza del relato”, de Luis María Ferrándiz, nos lleva hacia otro territorio: la construcción emocional de las historias con las que interpretamos el mundo.
Pero ninguno de los dos conceptos debe convertirse en una llave que abra todas las puertas. Si todo es control, nada puede comprobarse. Si todo es engaño, ninguna información merece confianza. Y si toda institución es presentada como parte de una conspiración, terminamos sustituyendo el pensamiento crítico por otra forma de dogmatismo.
El ciudadano verdaderamente libre no es aquel que cree automáticamente en la versión oficial ni aquel que rechaza automáticamente todo lo oficial. Es aquel que pregunta, contrasta, busca documentos, compara fuentes y acepta modificar su opinión cuando aparecen nuevas evidencias.
Ese es, finalmente, el punto donde Trump, Magán y Ferrándiz se cruzan.
Trump representa un caso contemporáneo de enorme capacidad para producir conversación política y movilizar atención. Magán coloca sobre la mesa la cuestión del control. Ferrándiz explica cómo el relato puede convertirse en una herramienta para moldear emociones y percepciones. Y nosotros, los ciudadanos, tenemos que decidir qué hacer con todo eso.
Porque el verdadero peligro no está solamente en que alguien quiera controlar nuestra mente.
También está en que dejemos de utilizarla…
jpm-am











