Las protestas europeas, el silencio de los opinólogos
Las multitudinarias protestas que estremecen a Francia y otros países europeos constituyen un llamado de alerta que los gobiernos de América Latina, particularmente el dominicano, no deberían ignorar. Detrás de estas…
Las multitudinarias protestas que estremecen a Francia y otros países europeos constituyen un llamado de alerta que los gobiernos de América Latina, particularmente el dominicano, no deberían ignorar. Detrás de estas movilizaciones existen profundas contradicciones económicas y sociales, agravadas por decisiones geopolíticas cuyos costos terminan pagando, en buena medida, los trabajadores y los sectores más vulnerables.
En Francia, Italia, Bélgica, Portugal y España, miles de ciudadanos han salido a las calles para reclamar mejores salarios, educación, viviendas asequibles, servicios públicos dignos y soluciones frente al elevado costo de la vida y los combustibles.
Sin embargo, llama la atención la escasa importancia que determinados programas dominicanos de radio y televisión parecen conceder a estos acontecimientos. Algunos de nuestros principales opinólogos, tan dispuestos a denunciar las protestas y los conflictos sociales cuando ocurren en países cuyos gobiernos adversan, guardan un llamativo silencio cuando las mismas contradicciones afectan a naciones occidentales.
¿Será que las injusticias sociales solamente merecen condenarse cuando ocurren en Cuba, Nicaragua o cualquier otro país enfrentado a los intereses de Washington?
La libertad, la democracia y la justicia social no pueden medirse con criterios ideológicos diferentes.
Pero detrás de estas protestas existe otro problema que merece nuestra atención: la subordinación de las economías nacionales a los intereses geopolíticos de las grandes potencias.

La guerra entre Rusia y Ucrania constituye un ejemplo de las consecuencias económicas de los conflictos internacionales. La decisión europea de reducir su dependencia energética de Rusia, motivada según sus gobernantes por razones de seguridad, ha obligado a modificar sus fuentes de abastecimiento y aumentado su exposición a los precios internacionales del gas, particularmente del gas natural licuado procedente de Estados Unidos.
Con esta decisión quien ha salido ganando es EEUU que condujo a los gobernantes de varios países de Europa a pensar que tras la ocupación Rusia a Ucrania, venia la restauración de la pasada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Esa amenaza, negada por el presidente de Rusia hizo fortalecer la idea entre esos gobernantes que era legítimo defender la soberanía de Ucrania frente a una invasión extranjera. Aquí resulta necesario preguntarse hasta qué punto las decisiones estratégicas de los gobiernos europeos han protegido suficientemente los intereses económicos de sus propias poblaciones.
Las consecuencias del encarecimiento energético recaen sobre hogares, trabajadores y empresas.
Esta realidad nos lleva a examinar nuestra propia situación.
La República Dominicana mantiene profundas relaciones económicas con Estados Unidos, principal socio comercial y destino de una numerosa comunidad dominicana que contribuye al sostenimiento de miles de familias mediante sus remesas.
Esas relaciones merecen preservarse y fortalecerse sobre bases de respeto y beneficio recíproco.
Pero nuestra amistad con Estados Unidos no debería significar renunciar al derecho soberano de desarrollar vínculos comerciales, tecnológicos y financieros con China, Europa y cualquier otra nación.
La creciente competencia entre Washington y Pekín por los mercados, las comunicaciones, la inteligencia artificial, las tierras raras, la energía y las inversiones coloca a economías pequeñas como la nuestra frente a decisiones de enorme trascendencia.
Las advertencias estadounidenses sobre la utilización de tecnologías chinas y la respuesta de Pekín evidencian que esa rivalidad internacional también se manifiesta en territorio dominicano.
Nuestro país tiene derecho a evaluar esas inversiones conforme a sus propios intereses, sus necesidades de desarrollo y los riesgos reales para su seguridad nacional, sin aceptar imposiciones incompatibles con su soberanía.
No podemos convertirnos en víctimas de las disputas comerciales entre las grandes potencias, ni permitir que decisiones ajenas comprometan nuestras posibilidades de desarrollo.
Podemos ser amigos de Estados Unidos sin ser enemigos de China, y mantener relaciones con China sin convertirnos en adversarios de Estados Unidos.
Esa debe ser una aspiración legítima de nuestra política exterior: amistad con todas las naciones, cooperación económica y respeto a la autodeterminación de los pueblos.
Las protestas europeas demuestran que el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza justicia social. También advierten sobre las consecuencias de políticas que terminan favoreciendo la concentración de la riqueza mientras amplios sectores pierden poder adquisitivo.
No todas esas movilizaciones cuestionan el capitalismo como sistema, pero muchas denuncian los excesos de un modelo económico que subordina necesidades fundamentales a los intereses del mercado.
Nuestro gobierno debe prestar atención a estas enseñanzas. La estabilidad social no puede descansar indefinidamente sobre salarios insuficientes, servicios públicos deficientes y una distribución desigual de los beneficios del crecimiento.
Y nuestros medios de comunicación tienen la responsabilidad de informar sobre estos acontecimientos con independencia, sin silencios selectivos ni subordinación a intereses políticos o económicos.
La soberanía no consiste solamente en tener una bandera, un himno y un territorio. Consiste también en la capacidad de un pueblo para decidir su destino sin sacrificar su bienestar a los intereses de quienes ejercen mayor poder económico o militar.
La República Dominicana necesita relaciones internacionales abiertas, una economía más autónoma y políticas públicas comprometidas con la dignidad de su pueblo.
Porque ningún país puede llamarse plenamente soberano si las decisiones que determinan el bienestar de sus ciudadanos se toman pensando primero en los intereses de otros.
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