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Opinión

El arroz de la discordia: 20 años perdidos

Por LUIS M. GUZMÁN El arroz dominicano enfrenta una encrucijada que va mucho más allá de la derogación de un decreto. Lo que está en discusión es el resultado de veinte años de política agrícola, apertura…

Redacción AlMomento··Comentar

Por LUIS M. GUZMÁN 

El arroz dominicano enfrenta una encrucijada que va mucho más allá de la derogación de un decreto. Lo que está en discusión es el resultado de veinte años de política agrícola, apertura comercial y responsabilidades acumuladas.

El DR-CAFTA estableció un calendario conocido por sucesivos gobiernos, pero la preparación del campo quedó por debajo de las exigencias de esa transición. Hoy se le pide al agricultor competir en condiciones que debieron construirse durante dos décadas, mientras su futuro depende de decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras.

La apertura del arroz estadounidense no llegó por sorpresa. Hubo tiempo para modernizar el riego, mejorar semillas, mecanizar cosechas, ampliar seguros y reducir costos. Sin embargo, persisten diferencias importantes de productividad y financiamiento.

El Estado no puede presentar como una exigencia repentina aquello que conocía desde la firma del tratado. Si la transformación fue insuficiente, corresponde identificar qué inversiones se realizaron, cuáles fracasaron y por qué numerosos agricultores continúan enfrentando dificultades para competir.

Estados Unidos exige acceso libre de aranceles para su arroz mientras mantiene programas de préstamos, seguros agrícolas y compensaciones para sus productores. República Dominicana también destina recursos al campo, pero debe demostrar si esos apoyos reducen efectivamente las desventajas de sus agricultores.

El libre comercio no garantiza igualdad de condiciones cuando existen diferencias profundas de tecnología, escala y financiamiento. Cumplir un tratado no debería impedir investigar las subvenciones extranjeras ni utilizar los mecanismos legales de defensa comercial.
Pregunta

 La derogación del Decreto 693-24 mediante el 635-26 plantea una pregunta que el Gobierno todavía debe responder con claridad: ¿qué cambió en las condiciones productivas que justificaron aquella protección? El régimen anterior reconocía la importancia del arroz para la seguridad alimentaria y el empleo rural.

Si esas vulnerabilidades persisten, las autoridades deben explicar qué medidas las sustituirán, cuáles estudios respaldaron la decisión y cómo se evitará que una apertura comercial conocida termine debilitando una producción estratégica.

La contradicción también alcanza las relaciones comerciales con Washington. Estados Unidos mantiene medidas arancelarias que afectan exportaciones dominicanas mientras reclama la apertura de nuestro mercado arrocero. Aunque ambas disposiciones responden a fundamentos jurídicos diferentes, el país necesita conocer los resultados de sus negociaciones.

La confianza entre socios no sustituye la reciprocidad ni la defensa de intereses nacionales. El Gobierno debe explicar qué compromisos asumió, qué avances obtuvo y qué alternativas prepara si las barreras estadounidenses continúan.

La propuesta del exsenador Heinz Vieluf de investigar las subvenciones estadounidenses merece una evaluación técnica formal. Los acuerdos comerciales y las normas de la OMC contemplan derechos compensatorios cuando se demuestran subvenciones sujetas a medidas, daño material y relación causal.

El gobierno debería estudiar esa posibilidad con especialistas independientes y examinar los mecanismos jurídicos disponibles. No se trata de suspender importaciones arbitrariamente, sino de determinar si existen fundamentos legales para defender una producción sometida a competencia desigual.

El Gobierno anunció RD$12,000 millones para financiar la pignoración arrocera de 2026-2027. Pero el Decreto 220-25 contempla apoyos a agroindustrias y almacenistas, de modo que recibir fondos públicos no equivale necesariamente a entregar dinero directamente al agricultor.

Productores han denunciado que los subsidios no llegan a sus fincas. Ambas realidades pueden coexistir, el Estado financia la cadena comercial y el pequeño productor no percibe un beneficio suficiente. Por eso es indispensable medir quién realmente recibe los recursos y cuánto llega finalmente a la cosecha.

Las denuncias de exclusión tampoco pueden ignorarse. Agricultores han señalado dificultades para acceder al crédito y a los programas de apoyo, mientras auditorías internas identificaron 56 inobservancias administrativas y financieras en el Ministerio de Agricultura entre 2020 y 2024.

Esos hallazgos por sí solo justifican una investigación rigurosa sobre posibles desvíos de subsidios. Deben publicarse los beneficiarios, los criterios de selección, las solicitudes rechazadas y los resultados obtenidos. La transparencia no termina cuando el dinero sale del presupuesto.

Algo semejante ocurre con los subsidios a fertilizantes, anunciados por más de RD$2,151 millones en 2026 mediante acuerdos con empresas importadoras de insumos. Ese mecanismo puede reducir costos, pero su efectividad debe comprobarse en el precio pagado por el agricultor.

¿Cuánto recibió indirectamente cada productor? ¿Cuáles regiones resultaron beneficiadas? ¿Hubo diferencias entre explotaciones pequeñas y grandes? Sin esas respuestas, las cifras oficiales describen el esfuerzo presupuestario, pero no permiten determinar si la ayuda alcanzó a quienes más la necesitaban.

La seguridad alimentaria tampoco puede confundirse con supermercados abastecidos mediante importaciones. El arroz sostiene agricultores, jornaleros, molinos, transportistas y economías provinciales enteras. Su deterioro afectaría actividades que no pueden sustituirse de inmediato.

Pero proteger indefinidamente una producción costosa también puede perjudicar al consumidor. La política correcta debe reducir costos, mejorar rendimientos y vigilar los márgenes de comercialización para que las importaciones más baratas, cuando existan, beneficien realmente a las familias.

El problema se extiende a las habichuelas, el plátano, la yuca, el ajo, la cebolla y otros alimentos esenciales. Cada cultivo necesita una evaluación propia de productividad, importaciones, rentabilidad y empleo. La reconversión agrícola no puede imponerse a familias que carecen de otras fuentes de ingresos.

Debe ofrecer capacitación, financiamiento, mercados comprobados y alternativas sostenibles. Tampoco basta con exhibir éxitos exportadores en otros productos, una nación puede vender más al exterior mientras conserva vulnerabilidades en los alimentos que consume diariamente.

Las responsabilidades de estos veinte años corresponden a sucesivas administraciones, pero las decisiones actuales también deben someterse a rendición de cuentas. El país necesita una política agrícola con metas, auditorías, distribución transparente de ayudas y defensa comercial jurídicamente sustentada.

El verdadero fracaso no sería importar arroz cuando convenga, sino perder capacidad de producirlo por no haber preparado a quienes lo siembran. Porque una nación que descuida su campo termina comprometiendo parte de su alimentación a decisiones que no controla.
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