Llegó la noche y comenzó a llover. Me distrae el sonido de la lluvia al caer sobre el techo de zinc de la terraza de mi casita en la montaña. La soledad no…
Llegó la noche y comenzó a llover. Me distrae el sonido de la lluvia al caer sobre el techo de zinc de la terraza de mi casita en la montaña.
La soledad no es buena esta noche porque con este tiempo nuboso y oscuro, la nostalgia me gana la batalla y mis compañeras, la luna y la lucesita blanca enclavada en la montaña, desaparecen.
Ellas simbolizan mis imposibles porque las puedo ver pero no las puedo tocar, y, ¿para qué hablarles si no pueden dar respuestas a mis preguntas? Pero están ahí y esta noche las añoro como nunca.
En ocasiones, las humanizo dándoles forma, color y vida, pero estos no son mas que intentos ilusos para acercarlas a mí, decirles lo que siento, lo que quiero y lo que duele.
Con ellas no puedo compartir y para mí, compartir es la vida.
Por eso, esta noche especial, lo hago con ustedes, con este estremecedor y hermoso poema de la autoría de Koldo, mi amigo y padre de mi nieta Irene, que le escribe a Rafael.