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Opinión

El difícil arte de gobernar

Quizás no encontremos, entre nuestros presidentes contemporáneos -postdictadura trujillista-, un presidente, como Joaquín Balaguer, del que se dijera o trascendiera más expresiones en distintas coyunturas…

Francisco S. Cruz··Comentar

Quizás no encontremos, entre nuestros presidentes contemporáneos -postdictadura trujillista-, un presidente, como Joaquín Balaguer, del que se dijera o trascendiera más expresiones en distintas coyunturas sociopolíticas, sobre el difícil arte de gobernar y más en un país donde el chisme o correveidile -subdesarrollo político-institucional- tiene vigencia -categoría de estado, o cuando no, de guillotina pública-.

De Joaquín Balaguer, sus malhumores, desplantes y salidas hay, en el imaginario popular o anecdotario palaciego, un pliego larguísimo de esas vivencias o trances difíciles. Quienes mejor han podido -o pudieron- aquilatar, olfatear o ser confidentes de esos “momentos” -amen de memorias o autobiografías- sobre el difícil arte de gobernar, son aquellos hombres de la cercanía o círculo de poder; o no pocas veces, de periodistas -duchos sabuesos- que, cual testigo de excepción o, depositario de discrecionalidades, supieron de los desencantos e incomodidades de lo que se llamó -o se sigue llamando-: “la silla de alfileres”.

Qué no se dijo o se ha dicho de Balaguer y de otros presidentes contemporáneos, que, en su momento -histórico- o por interés político-coyuntural, no se supiera. Desde una realidad fáctica o temperamental: un carajo, una cólera -cualquier 16 de agosto-, una declinación reeleccionista -después de millones de firmas o, a regañadientes-, un susurro de agobio ante gente que no se cansa de pedir e importunar, un callar y aguantar, un mensaje que nunca llegó, una orden mal descodificada, una traición a la confianza depositada, un querer que un período termine o se eternice, un nombramiento o no de altísimo costo político, que lo bueno o malo se le adjudica -¡siempre!- al presidente o, que nadie cree que no está enterado de todo, o peor, que no se equivoca. De eso se trata, en parte, el difícil arte de gobernar en países subdesarrollados o medianamente desarrollados.                                                      

Pero nada es -o fue- más perentorio-fáctico que saberse sujetar y procurar gobernabilidad democrática, pues las demás situaciones o momentos -en el ejercicio del poder-, resultan, en la práctica, gajes del oficio. Sin embargo, gobernar jamás podrá realizarse a golpes de efectos mediáticos-periodísticos, conculcación de derechos adquiridos o de procesos judiciales -bajo el sesgo político-selectivo (a propósito: ¿y Odebrecht-arcoíris-político?)- desprovistos de la debida presunción de inocencia hasta prueba, en juicio oral y contradictorio, lo contrario.
                                                            
Ya el historiador Thomas Weber escribió, refiriéndose a la crisis de la democracia liberal (monárquica-parlamentaria) post Primera Guerra Mundial; y al Hitler en huida, después del fallido golpe de Estado (1923): “De haber alcanzado Hitler la frontera austriaca, no habría sido juzgado ni encarcelado…”. Porque, a veces, en la derrota”, es donde algunos hombres logran la más formidable proyección o, siniestra meta….
JPM
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