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Opinión

El perfil del líder: oratoria vs. empatía

Aunque poco lo observaran, la sociedad dominicana de finales de siglo XX cerró un ciclo histórico-político y generacional con la desaparición física de los grandes liderazgos nacionales post dictadura trujillista, a…

Francisco S. Cruz··Comentar

Aunque poco lo observaran, la sociedad dominicana de finales de siglo XX cerró un ciclo histórico-político y generacional con la desaparición física de los grandes liderazgos nacionales post dictadura trujillista, a saber: Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez.

Pero no solo fue un cierre generacional, sino también, el agotamiento de un prototipo o modelo de liderazgo basado en la oratoria, el carisma y la ilustración, pues ellos -y desde espectros políticos-doctrinarios-ideológicos diferentes, Balaguer, Bosch y Peña Gómez, tenían en común el don de la oratoria, el carisma y la formación humanística.

Quizás, en ello, se pueda explicar porque Leonel Fernández y no el extinto Hatuey De Camps que; era un excelente orador y presidenciable, pero le faltó empatía -la conexión bases-PRD y grandes mayorías nacionales- y la escuela orgánica-partidaria que Bosch legó.

Sin embargo, el eslabón perdido o, mejor dicho, la redefinición se halló en el relevo de esos grandes líderes que, práctica y accidentalmente, se centró en dos liderazgos que, aunque de una misma escuela-partido, desarrollaron visiones distintas tanto en la praxis política como en la visión programática de la conducción del Estado y en la forma y énfasis de encarar los problemas nacionales: Leonel Fernández y Danilo Medina.

De suerte, que, mientras, el primero fue el más próximo en el discurso-oratoria y la superación del feudo-país aislado; el segundo, fue y es la visión programática-social y, al mismo tiempo, el sepulturero del perfil del liderazgo de oratoria y las megas-obras desde el ejercicio del poder para establecer otro de empatía y visión pragmática-estratégica-social del desarrollo integral nacional.

Y es, precisamente, ese cambio de paradigma de líder -en contraposición al popular-autoritario o antidemocrático que, en menor medida, ha ganado espacio también, lamentablemente- el que se está imponiendo universalmente, y por eso son tan escasos o raros, en los foros internacionales, parlamentos y plazas públicas, escuchar largos y cansones discursos sin teleprónter o la tableta electrónica.

En otras palabras, ya nadie quiere escuchar, muchos menos lo jóvenes, para deleitarse, un discurso florido o cargado de referencias históricas, épicas o de verbo incendiario o aleccionador -solo queda José -Pepe- Mujica por el aval del referente ideológico y su coherencia de vida-, sino para saber de realizaciones, respuestas a problemas urgentes e inmediatos.

Tampoco quieren a líderes poco empáticos o que no hagan, de vez en cuando -y sin simular-, lo que la gente común hace: reír, bailar, trabajar y, sobre todo, ser accesible, puntual y cercano; y ahí, el presidente Danilo, ha emulado a Bosch y, de paso, ha contagiado a Gonzalo Castillo.

Por ello, en un escenario así, signado por ese nuevo paradigma o prototipo de líder, el Luis Abinader opaco, gris y seco, no encaja. Y quizás, por ello, también, su inocultable descenso o caída libre en medio de la crisis-pandemia que desnudó su flojera y poca madera de líder empático, oportuno y trabajador.

¡Quién no vio esa foto-imagen, de Abinader, sentado, en la sala de su residencia, siguiendo, por tele, el curso y los estragos de la pandemia…!

Ojalá, el que fue tres veces presidente, sepa cerrar bien su ciclo histórico-político y preparar, de la mejor manera, su de salida o “aterrizaje”; de lo contrario, la realidad le dará, en su ego, un portazo fulminante.

Finalmente -hay que entenderlo-, el perfil del líder cambió, y para bien o para mal -sabrá Dio-, ya nadie dura más de 10 minutos escuchando a nadie; y menos si ese alguien o líder ya fue, o si se trata de otro que quiere llegar, pero no sabe cómo, por dónde o que no inspira confianza ni empatía duradera.

Pero, además, la gente, sobre todo, los jóvenes, se identifica más con las acciones y menos con la pereza, el bla-bla-bla o el que, a leguas, es zángano o desabrido (por algo hay una polarización, en esta coyuntura electoral, entre un candidato que se parece a la gente común y de trabajo -Gonzalo Castillo- y otro que no sabe siquiera abrazar o caminar por callejones). O, como dijera el genio Cantinflas, “Ahí está el detalle…”.

JPM
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