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Si la República Dominicana es un país políticamente repetitivo, donde se ausenta lo esplendente en lo dialéctico, de algún modo ello se debe a la inusitada confianza que lesiona aristas deontológicas y profesionales…

Fernando A. de Le0N··Comentar

    Si la República Dominicana es un país políticamente repetitivo, donde se ausenta lo esplendente en lo dialéctico, de algún modo ello se debe a la inusitada confianza que lesiona aristas deontológicas y profesionales entre una buena parte de nuestros periodistas, y el funcionariado.

     Aunque tengamos un fuerte tinte chauvinistas y presumamos ser los mejores lo cierto es que, sobre todo a partir de los 90, el  periodismo dominicano ha devenido-si caben estos términos- en uno de vecindad, patio o aldea. En realidad, profesionalmente nos correspondemos con los atisbos de un ejercicio no “universalizado”; no respetuoso de ética, y normas que deberían distinguirnos.

     Estas falencias nos convierten en meros relacionistas públicos y activos de clientelas. Y, de alguna forma, aportamos nuestra cuota mediática en la alteración de nuestras normas constitucionales. Somos comodines para que nuestros aspirantes a dirigir la cosa pública se repitan; unos consecutivamente, y otros cuasi en lo inmediato.

     Y estas son realidades que resultan inexorables. Es decir imbatibles, si se toma en cuenta que lidiamos con figuras políticas entronizadas en el tinglado del Estado; nuestro mayor empleador y soporte de beneficios publicitarios, cabildeos, y otras canonjías.

     De ahí que, mientras no se corrijan esos males en una tarea que se supone informadora, orientadora, y de denuncias que conjuren las injusticias e inequidades en perjuicio de los gobernados, continuaremos a la deriva. En otras palabras, nuestro sector seguirá siendo lo que es, y consecuentemente, nuestro dos tercios de isla.

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