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Opinión

Cuando la mirada se detiene en el problema

Una frase breve puede invitarnos a pensar: «Esta gripe me va a matar». Cuando concentramos toda nuestra atención en un problema, podemos terminar sintiendo que las dificultades se multiplican. No hace falta tomar esta…

Fausto Jaquez··Comentar

Una frase breve puede invitarnos a pensar: «Esta gripe me va a matar». Cuando concentramos toda nuestra atención en un problema, podemos terminar sintiendo que las dificultades se multiplican. No hace falta tomar esta afirmación como una ley científica para reconocer la experiencia que describe. Aquello que ocupa nuestra mente durante horas suele crecer en nuestra percepción y dejar poco espacio para imaginar una salida.

Preocuparse es humano. Hay dificultades que reclaman atención, decisiones que no pueden aplazarse y dolores que necesitan ser escuchados. El riesgo aparece cuando pensar en el problema se convierte en dar vueltas sobre lo mismo: repasamos lo ocurrido, anticipamos desenlaces negativos y repetimos preguntas que no traen respuestas nuevas. La preocupación, entonces, deja de orientarnos y empieza a agotarnos.

Mirar de frente una dificultad no significa quedarse atrapado en ella. Podemos reconocer lo que sucede y, al mismo tiempo, preguntarnos qué parte está en nuestras manos. A veces, el siguiente paso es conversar con alguien de confianza; otras veces, pedir ayuda, ordenar una tarea pendiente o aceptar que una situación necesita tiempo. Un paso pequeño no resuelve todo, pero puede devolvernos la sensación de que todavía podemos actuar.

También ayuda ampliar la mirada hacia lo que permanece en nuestra vida mientras atravesamos una etapa difícil: una persona que nos acompaña, una capacidad que hemos desarrollado, un recuerdo que nos sostiene o una oportunidad que aún no habíamos considerado. Agradecer no borra el dolor ni obliga a fingir que todo está bien. Puede recordarnos que el problema es parte de nuestra realidad, pero no es toda nuestra realidad.

La atención es una forma de energía. Si la entregamos por completo a la preocupación, el mundo parece reducirse a aquello que tememos. Si la dirigimos también hacia las opciones, los vínculos y los recursos disponibles, quizá no desaparezca la dificultad, pero cambiará nuestra manera de caminar dentro de ella.

En ocasiones, la primera salida comienza con una pregunta sencilla: además de pensar en lo que me preocupa, ¿qué puedo hacer hoy?

Sin embargo, hay algo todavía más importante: no agravar el problema y, mucho menos, trasladar sus consecuencias a los demás. Pensar en nosotros mismos también implica pensar en quienes nos rodean.

El 31 de octubre, víspera de mi cumpleaños, me disponía a vestirme para asistir a un agasajo que unos amigos habían organizado en mi honor. De pronto, sentí un malestar generalizado. Recordé que durante la tarde me había mojado mientras intentaba completar una ronda de golf y pensé que quizás se trataba de un simple resfriado. Mi primera reacción fue tomar un antigripal y considerar la posibilidad de asistir a la fiesta.

Pero algo despertó mi conciencia: ¿y si no era un simple resfriado?, ¿y si se trataba de una enfermedad contagiosa? Decidí quedarme en casa y esperar hasta el día siguiente, el de mi cumpleaños, para realizarme la prueba.

El resultado confirmó mis sospechas: influenza A. Comencé entonces el tratamiento adecuado y la cuarentena correspondiente.

Aquella decisión, aparentemente sencilla, me permitió comprender una vez más que la responsabilidad individual también es una forma de solidaridad. Cuidarnos no consiste únicamente en procurar nuestro bienestar, sino también en evitar que nuestras decisiones puedan perjudicar a quienes nos rodean. Cuando protegemos a nuestros amigos, familiares y compañeros, también contribuimos a proteger a la comunidad.

Mis amigos, que me esperaban para celebrar, desconocían las razones de mi ausencia. Algunos expresaron su disgusto e incluso profirieron toda clase de insultos por no haber asistido al agasajo. Ignoraban que, precisamente al quedarme en casa, estaba protegiéndolos.

La anécdota me deja una reflexión que va más allá de una enfermedad: no siempre podemos evitar los problemas, pero sí podemos decidir cómo enfrentarlos y qué consecuencias tendrán nuestras acciones sobre los demás.

A veces, la mejor manera de demostrar afecto no es estar presente en una celebración, sino renunciar a ella por consideración hacia quienes queremos.

Porque, al final, la mirada no debe detenerse únicamente en el problema que nos afecta, sino también en las personas que podrían verse afectadas por nuestras decisiones.

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