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Opinión

Por un nuevo principio ético para proteger medio ambiente

La humanidad necesita una nueva conciencia sobre el uso de la naturaleza: no basta con conservar sus componentes; también debemos proteger la organización y las relaciones que hacen posible la vida. Comprender la…

Carlos Ogando··Comentar

La humanidad necesita una nueva conciencia sobre el uso de la naturaleza: no basta con conservar sus componentes; también debemos proteger la organización y las relaciones que hacen posible la vida.

Comprender la naturaleza y preservar sus componentes es esencial para garantizar la vida en el planeta. Sin embargo, la humanidad continúa extrayendo petróleo, oro, plata y carbón, removiendo montañas, talando bosques, desviando ríos y alterando ecosistemas, muchas veces sin evaluar suficientemente las consecuencias de sus intervenciones sobre la flora, la fauna, el agua y el equilibrio ambiental.

La ley 64-00 de Medio Ambiente y Recursos Naturales de la Republica Dominicana tiene el principio de prevención prima sobre cualquier otra acción; declara los recursos naturales como patrimonio común de la nación y de orden publico. Establece las normas de explotacion y preservacion de los recursos naturales, pero hay que hacer enfasis en la restauracion de lo explotado y la descontaminacion ( modificado, transformado, eliminado, extraido, contaminado).

El problema no radica únicamente en la cantidad de recursos que consumimos, sino también en la velocidad con que los extraemos, la magnitud de las transformaciones que provocamos y nuestra capacidad real para restaurar lo que destruimos.

Una intervención puede generar beneficios económicos inmediatos y, al mismo tiempo, ocasionar daños ecológicos cuya recuperación requiera décadas, siglos o resulte prácticamente imposible )como las presas de cianuro y contaminante irrecuperable).

Por esta razón, propongo incorporar un nuevo principio ético para orientar la relación del ser humano con la naturaleza: el principio de preservación de la organización natural y responsabilidad de restauración. La naturaleza es más que materia.

La naturaleza no es simplemente un depósito de materias primas que podemos desmontar y volver a ensamblar a voluntad. Es una inmensa red de relaciones, procesos, organización e información que conecta el agua, el suelo, el clima, los bosques, los animales y los seres humanos.

No basta con conservar los componentes de un sistema natural; también debemos comprender y preservar la organización que les da sentido y función. Destruir un bosque no significa solamente perder árboles. Significa alterar hábitats, modificar la infiltración del agua, afectar los suelos y poner en riesgo las relaciones ecológicas que sostienen numerosas formas de vida.

La reconstrucción de un ecosistema, por tanto, no consiste simplemente en devolverle los elementos que fueron extraídos. Requiere recuperar, en la medida de lo posible, sus funciones, sus interacciones y su capacidad para regenerarse.

La paradoja del agua derramada: Existe una expresión popular que invita a reflexionar: «Agua derramada no se puede recoger». Sin embargo, el agua no desaparece necesariamente cuando se derrama. Una parte se escurre, otra se infiltra en el suelo y otra puede evaporarse. La materia continúa existiendo, pero difícilmente podemos recuperar toda el agua en el mismo lugar, en la misma condición y con la misma distribución que tenía antes.

Esta imagen nos ayuda a comprender un problema fundamental de la gestión ambiental: que los componentes de la naturaleza permanezcan no significa que podamos recuperar fácilmente su estado y su organización originales.

Cuando se destruye un bosque, se degrada un suelo o se altera el cauce de un río, no siempre basta con detener la intervención para restablecer las condiciones anteriores.

La física también ofrece una perspectiva interesante. La segunda ley de la termodinámica establece que, en un sistema aislado, la entropía total no disminuye. Aunque este concepto no explica por sí solo todos los procesos ecológicos, nos recuerda que las transformaciones físicas tienen consecuencias y que recuperar un estado anterior puede requerir energía, tiempo y condiciones específicas.

Los recursos naturales y el riesgo de los daños irreversibles. La escasez de agua, la degradación de los suelos, la deforestación, la pérdida de biodiversidad, el retroceso de los glaciares y el calentamiento global son señales de la presión que soportan los sistemas naturales. Sus causas y consecuencias varían de una región a otra, pero muchas de estas amenazas están relacionadas con actividades humanas que deben ser evaluadas y reguladas con rigor científico.

También debemos reconocer que los terremotos, los huracanes y otros fenómenos geológicos y meteorológicos tienen causas naturales, aunque las actividades humanas pueden agravar determinados riesgos y aumentar la vulnerabilidad de las poblaciones.

La explotación minera, por ejemplo, puede alterar montañas, acuíferos, cauces y hábitats. Las presas y los desvíos de ríos pueden modificar los caudales y el transporte de sedimentos, mientras que la deforestación puede afectar la infiltración y la escorrentía. Estos impactos dependen de las características de cada territorio y deben estudiarse antes de autorizar las intervenciones.

No podemos seguir considerando la restauración ambiental como una obligación secundaria que se atiende después de obtener los beneficios económicos. Debe formar parte de la decisión desde el principio. Un principio ético para orientar las decisiones. El principio que propongo se fundamenta en una responsabilidad esencial: antes de autorizar una intervención significativa sobre la naturaleza, debemos conocer sus posibles consecuencias, determinar qué funciones ecológicas podrían perderse y establecer si existe una capacidad real de prevención, mitigación y restauración.

La pandemia de COVID-19 ofreció una experiencia mundial excepcional. Durante los confinamientos se redujeron temporalmente numerosas actividades económicas y, en determinados lugares, disminuyeron algunas emisiones y formas de contaminación. Sin embargo, aquella interrupción no revirtió automáticamente el calentamiento global, la pérdida acumulada de bosques, la degradación de los suelos ni los demás daños ambientales.

La humanidad depende de los sistemas naturales para obtener agua, alimentos, energía y materias primas. Pero esa dependencia implica una responsabilidad que no puede reducirse al aprovechamiento económico inmediato. No se trata de impedir toda actividad productiva ni de renunciar al uso de los recursos naturales. Se trata de establecer límites racionales, fundamentados en el conocimiento científico, la responsabilidad ética y la capacidad de los ecosistemas para regenerarse.

Antes de transformar la naturaleza, debemos comprender lo que podemos perder; antes de explotar sus recursos, debemos saber si podremos restaurarlos. Y cuando no podamos garantizar su recuperación, la prudencia debe prevalecer sobre el beneficio inmediato.

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