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Opinión

¿Estamos tratando enfermedades que podemos prevenir?

Vivimos en la era del triunfo tecnológico de la medicina. Poseemos una capacidad diagnóstica de precisión microscópica, arsenales farmacológicos de alta eficacia y procedimientos quirúrgicos que desafiaban la…

Domingo Peña Nina··Comentar

Vivimos en la era del triunfo tecnológico de la medicina. Poseemos una capacidad diagnóstica de precisión microscópica, arsenales farmacológicos de alta eficacia y procedimientos quirúrgicos que desafiaban la imaginación hace apenas unas décadas. Y, sin embargo, en el corazón mismo de este progreso late una profunda paradoja civilizatoria: mientras perfeccionamos el arte de tratar la enfermedad, descuidamos el deber primordial de evitarla.

Cada jornada, las salas de espera de nuestros hospitales y consultas médicas reciben un flujo incesante de pacientes abatidos por la hipertensión arterial, la diabetes mellitus, el sobrepeso crónico, las dolencias cardiovasculares, la insuficiencia renal y diversas formas de cáncer.

No nos equivoquemos: estas patologías rara vez irrumpen como un rayo en un cielo despejado. Son, en su inmensa mayoría, el trágico epílogo de años de exposición silenciosa a factores de riesgo conocidos, medibles y, lo que resulta imperdonable, modificables.

De ahí surge el interrogante que debiera sacudir los cimientos de la conciencia médica y social: ¿estamos consumiendo recursos, talento y esperanza en tratar dolencias que pudimos y debimos haber evitado?

Prevenir no es pecar de ingenuidad ni postular la quimera de un cuerpo inmune a la fatalidad biológica. Existen la genética, los azares ambientales y las circunstancias que escapan al dominio del individuo. Pero frente a ellos se alzan los determinantes sobre los cuales la sociedad y el Estado sí tienen un mandato ético de acción: la malnutrición por exceso y defecto, el sedentarismo endémico, el tabaquismo tolerado, el consumo nocivo de alcohol, el vacío de controles médicos periódicos y la ausencia de una cultura de diagnóstico temprano.

No obstante, nuestro modelo sanitario sigue anclado en un paradigma reactivo. Movilizamos la maquinaria médica cuando irrumpe el dolor, cuando los análisis exhiben cifras alarmantes, cuando la presión arterial quebranta los límites o cuando el daño tisular ya es irreversible. Con frecuencia inaceptable, acudimos al médico solo cuando la enfermedad nos ha arrebatado la salud, en lugar de visitarlo cuando aún nos sentimos vigorosos para certificar y blindar ese bienestar.

El imperativo de la política pública

Esta responsabilidad no puede ni debe descargarse de manera abusiva sobre las espaldas del ciudadano común.

La prevención germina en el hogar, pero se edifica en las aulas, en los espacios laborales, en el diseño urbanístico de nuestras ciudades y, sobre todo, en la coherencia de las políticas públicas. Una población no puede ser sumariamente culpabilizada por sus hábitos cuando cohabita en un entorno que subvenciona o facilita el consumo masivo de productos nocivos, al tiempo que encarece o invisibiliza la actividad física y el acceso oportuno a los servicios de medicina preventiva.

Es apremiante una revisión radical de nuestras prioridades como Estado. Curar es un acto de nobleza inalienable; prevenir, en cambio, es un acto de estricta justicia distributiva y sanidad política. Una consulta de asesoramiento preventivo, un programa de inmunización riguroso, el rastreo oportuno de la hipertensión o la hiperglucemia y la promoción activa de estilos de vida saludables ahorran océanos de sufrimiento humano, evitan discapacidades mutilantes y reducen un gasto fiscal que, por tardío, deviene insostenible.

La prevención jamás debe revestirse de un tono moralizador que culpabilice a la víctima de su padecimiento. Debe estructurarse, por el contrario, como una política de Estado fundamentada en la educación cívica, la equidad en el acceso, la detección precoz y el acompañamiento empático.

Hacia un nuevo equilibrio sanitario

Quizás la pregunta crucial que interpela directamente a las autoridades sanitarias, a los legisladores y a los planificadores de la economía nacional sea esta: ¿Cuánto capital estamos dilapidando en apagar el fuego de la enfermedad establecida, y cuánto estamos invirtiendo inteligentemente en evitar que las llamas siquiera se enciendan?

La respuesta desnuda los desequilibrios de nuestro sistema y exige una refundación de los presupuestos de salud.

No se aboga por abolir la terapéutica ni por desmantelar el hospital de alta complejidad; ambos son imprescindibles cuando la patología reclama su espacio. Se reclama, con rigor ético, un punto de equilibrio donde la medicina no comparezca únicamente como testigo tardío del naufragio biológico, sino como brújula vigilante que preserva la salud antes del derrumbe.

El verdadero galardón de un sistema sanitario moderno no debería medirse únicamente por la estadística de pacientes curados en una mesa de cirugía, sino por la dignidad y el número de seres humanos a quienes se les garantizó una vida plena y sana.

Ha llegado la hora de que las autoridades asuman el coste político y moral de esta transformación. Porque la medicina más excelsa no es aquella que despliega sus mayores prodigios cuando el mal ya se ha enseñoreado del cuerpo; es aquella capaz de construir los blindajes necesarios para impedir que la enfermedad llegue a manifestarse.

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