La viga, la apariencia y el filo de la navaja
La enseñanza bíblica sobre la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio sigue retratando una debilidad humana persistente. Juzgamos con severidad las faltas de los demás mientras disculpamos las nuestras. Exigimos una…
La enseñanza bíblica sobre la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio sigue retratando una debilidad humana persistente. Juzgamos con severidad las faltas de los demás mientras disculpamos las nuestras. Exigimos una perfección que ni siquiera intentamos practicar.
El refrán también lo advierte: “Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces”. Quien proclama demasiado su honradez quizá tema que descubran sus engaños, quien presume de poder puede ocultar su inseguridad, quien invoca la justicia solo cuando le conviene, convierte sus palabras en disfraces.
Las virtudes auténticas no necesitan propaganda. La honestidad se demuestra, la grandeza sirve y la justicia no cambia de criterio según el nombre, la posición o la conveniencia de quienes están involucrados.
Cuando la apariencia sustituye a los valores y la desigualdad se vuelve norma, la vida se transforma en un recorrido por el filo de una navaja. Quien reclama sus derechos puede ser castigado, rechazado o perseguido, quien calla conserva una calma aparente, pero pierde lentamente la dignidad. Protestar hiere, resignarse destruye.
Esa es una de las formas más crueles de la injusticia: obligar a elegir entre el dolor y la inmovilidad.
Nadie debería medir cada palabra por miedo a quien se cree superior, ni arriesgar su empleo, sus vínculos o su lugar en la sociedad por defender lo que le corresponde. La convivencia no puede sostenerse sobre el temor ni sobre el privilegio de unos y la obediencia forzada de otros.
La igualdad no exige pensar igual, sino reconocer el mismo derecho a vivir con dignidad. La justicia no consiste en favorecer siempre a quien reclama, sino en escuchar, respetar los derechos de cada parte y aplicar las mismas reglas sin privilegios.
Antes de señalar la paja ajena, conviene reconocer nuestras vigas. Antes de presumir una virtud, debemos demostrarla. Y antes de exigir respeto, debemos preguntarnos si respetamos a los demás.
Una sociedad justa no obliga a sus ciudadanos a permanecer inmóviles para evitar heridas. Les permite avanzar sin miedo, expresarse con respeto sin castigo y defender sus derechos.
Vivir no puede significar permanecer quieto sobre el filo de una navaja. Debe ser caminar sobre un mismo suelo, firme y digno, donde la igualdad no sea una promesa y la justicia no dependa del poder, sino de la certeza de que todos somos parte del ente común » Dios » .
jpm-am











