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Opinión

El pecado original del Estado

POR HOUSTON RAMOS Nuestra sociedad se ha vuelto experta en buscar culpables, pero inútil para encontrar responsables. El ritual es conocido: estalla un caso de corrupción, elegimos a una persona para lanzarla a la…

Redacción··Comentar

POR HOUSTON RAMOS

Nuestra sociedad se ha vuelto experta en buscar culpables, pero inútil para encontrar responsables. El ritual es conocido: estalla un caso de corrupción, elegimos a una persona para lanzarla a la hoguera, «lavamos» los pecados colectivos y sentimos que se hizo justicia.

Pero mañana, el circo se repite.

¿Por qué?. Porque el problema no es el actor, es el escenario. Hay un «pecado original» que nadie quiere admitir: el Estado no debe jugar a ser empresario.

Cada vez que nace una institución pública bajo la premisa de una «idea bonita» —como gestionar seguros o construir viviendas— nace también una futura caja chica. El ciclo es matemático: se crea la entidad, se politiza, y al poco tiempo, se desfalca. El Estado debería ser un árbitro fuerte y pequeño, no un jugador torpe. Su rol es regular para que el privado genere riqueza, no intentar controlarla.

Pero aquí entra la trampa de la política real.

Los presidentes saben que llegar al poder cuesta una fortuna. Y si esa fortuna no la pone el empresario honesto de frente, la ponen los «sectores oscuros» por debajo de la mesa. La política se convierte entonces en la continuación de la guerra, donde las bajas son la salud y el dinero de la gente.

Cuando un político llega financiado por compromisos, llega atado. Y aquí es donde muere la autoridad moral.

Piénselo así: Es como salir a beber con su empleado hasta la madrugada. Si usted se emborracha con él y rompe la línea de respeto, al día siguiente no tiene moral para reclamarle porque llegó tarde. Usted fue cómplice del desorden.

Lo mismo pasa en el Estado. Si el financiamiento de la campaña fue sucio, el gobernante no puede exigirle limpieza al funcionario. El director que roba solo está cobrando la factura de la campaña, con intereses y comisión.

Para romper este ciclo, dejemos de nombrar a «buscavotos» en puestos donde se maneja dinero. Necesitamos técnicos, no activistas. Necesitamos empresarios que financien la democracia con luz y taquígrafos para que el Presidente no le deba el cargo a nadie.

Mientras sigamos aplaudiendo la creación de instituciones innecesarias, seguiremos pagando las entradas de este circo. Y lamentablemente, el precio es nuestra propia salud.

jpm-am

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