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Opinión

Houston tenemos un problema

La icónica frase resume con claridad la situación nacional: la nave en la que viajamos enfrenta un grave problema. No radica únicamente en el destino, sino en los pilotos que la conducen. Durante los últimos cincuenta…

Miguel Valoy··Comentar

La icónica frase resume con claridad la situación nacional: la nave en la que viajamos enfrenta un grave problema. No radica únicamente en el destino, sino en los pilotos que la conducen. Durante los últimos cincuenta años, el liderazgo político dominicano ha colapsado, arrastrando al país por un rumbo incierto, marcado por la corrupción, el clientelismo y la falta de visión.

Desde un inicio errático tras la  gran conquista de independencia hasta el caos actual, nuestra sociedad no ha sido capaz de definir un camino hacia la prosperidad ni hacia la equidad ante la ley. La corrupción en todos los niveles, sumada a la ausencia de compromiso cívico de las élites gobernantes —y que tristemente se replica en la ciudadanía—, constituye una verdadera pandemia moral.

La clase política, al asumir el poder, con frecuencia se transforma en empresaria. Ello genera una competencia desleal con los verdaderos productores y creadores de riqueza, y deja como consecuencia un profundo desprecio hacia la clase productiva, hoy víctima además de la especulación cambiaria.

Garantizar la estabilidad monetaria y cambiaria es una tarea impostergable. Para que nuestros productores compitan en un mundo más complejo, el país necesita:

Incrementar sus reservas en oro.

Impulsar una economía de ahorro, en lugar de la cultura del “día a día”.

Considerar la creación de una criptomoneda nacional respaldada en oro y dólares —“RDGOLD”— que proteja el dólar físico como reserva estratégica.

Pero el problema no es únicamente económico. La política social, basada casi exclusivamente en el clientelismo, no fomenta el desarrollo. Al contrario, convierte al Estado en un instrumento de control que debilita la productividad y castiga el esfuerzo honesto de trabajadores y empresarios.

A la juventud

Es en este punto donde se vuelve imprescindible hablar a la juventud. No a los “líderes creados en laboratorio” para sostener dinastías políticas, sino a aquellos que aman a su país, que sueñan con un futuro distinto y que han sido relegados por la clase dirigente. Son ellos quienes deben asumir que la patria no termina con nosotros y que cada decisión presente define el mañana.

De nada servirán el trabajo acumulado ni las riquezas construidas si no actuamos con firmeza y responsabilidad. La verdadera herencia que podemos legar a las próximas generaciones no son bienes materiales, sino instituciones sólidas, oportunidades reales y un país basado en la equidad.

El llamado es claro: los jóvenes no deben conformarse con ser espectadores. Su deber es convertirse en protagonistas, alzar la voz frente a la corrupción, defender la educación y la productividad, y creer que República Dominicana puede ser una nación de justicia y prosperidad.

La generación que hoy despierta tiene en sus manos la misión de transformar el país. Una misión que empieza por amar lo nuestro, soñar con lo imposible y trabajar con valentía para hacerlo posible.

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